Un estudio reciente, hecho público por científicos americanos, ha demostrado lo beneficioso que resulta para nuestro sistema cardiovascular sentir la música que más nos gusta.
Debe ser por eso que mi corazón, acostumbrado a bombear sangre a demanda, lleva unas semanas con mejor talante e hinchado de alegría visceral cada vez que el CD repite lo nuevo de Keane.
La letra a todo esto se la pone Amélie Nothomb pues he descubierto, en Diari de l'Oreneta, que mi desequilibrio no es único.
Resulta que el protagonista, un asesino a sueldo, pasa las horas muertas, entre trabajo y trabajo, escuchando a Radiohead; y su cerebro ha interiorizado hasta tal punto la música, que la banda sonora de sus crímenes es Radiohead. Su propio cerebro es quien acciona el play.
Pues bien, a mí me sucede algo parecido pero con Keane.

La Keanización de mi organismo llegó a cotas inconmensurables el pasado día 9. La frase... ¡Qué barbaridad! ¡Qué barbaridad!, se me quedó encallada durante horas, después del concierto. Era lo máximo que mi cerebro podía ordenar para oxigenar la obsesión emocional que lo tenía preso.
El corazón, ligado más al compás, ha permitido desembozar el riego neurológico en los últimos días; y aunque podría parecer una tortura, redactar este post ha servido para rememorar esperanzas inconfesables ligadas a la música melodramática que practican estos chicos y que, claramente, me trastoca en lo más profundo de mi ser.








