sábado, 15 de noviembre de 2008

Keane

Esta semana había que cantarle al odio pero me ha sido completamente imposible. Y la razón es una mezcla entre ciencia y literatura.
Un estudio reciente, hecho público por científicos americanos, ha demostrado lo beneficioso que resulta para nuestro sistema cardiovascular sentir la música que más nos gusta.
Debe ser por eso que mi corazón, acostumbrado a bombear sangre a demanda, lleva unas semanas con mejor talante e hinchado de alegría visceral cada vez que el CD repite lo nuevo de Keane.



La letra a todo esto se la pone Amélie Nothomb pues he descubierto, en Diari de l'Oreneta, que mi desequilibrio no es único.
Resulta que el protagonista, un asesino a sueldo, pasa las horas muertas, entre trabajo y trabajo, escuchando a Radiohead; y su cerebro ha interiorizado hasta tal punto la música, que la banda sonora de sus crímenes es Radiohead. Su propio cerebro es quien acciona el play.

Pues bien, a mí me sucede algo parecido pero con Keane.



La Keanización de mi organismo llegó a cotas inconmensurables el pasado día 9. La frase... ¡Qué barbaridad! ¡Qué barbaridad!, se me quedó encallada durante horas, después del concierto. Era lo máximo que mi cerebro podía ordenar para oxigenar la obsesión emocional que lo tenía preso.
El corazón, ligado más al compás, ha permitido desembozar el riego neurológico en los últimos días; y aunque podría parecer una tortura, redactar este post ha servido para rememorar esperanzas inconfesables ligadas a la música melodramática que practican estos chicos y que, claramente, me trastoca en lo más profundo de mi ser.



Os dejo un par de viejas canciones: This is the last time y Everybody's changing.
Es un alivio ver como los años no pasan en balde y Thomas, el cantante (o "carapan" como le gusta llamarle a Cruasan, un amigo de Violencia), mejora encima de un escenario sin perder esos carrillos de angelote.


sábado, 8 de noviembre de 2008

Claxton vs McQueen


Estreché la mano de Natalie Wood, y por primera vez vi de cerca su hermoso rostro. Sus ojos pardos, oscuros y amables buscaron los míos, y supe que seríamos amigos. Me volví entonces para saludar a McQueen, su partenaire en la película. No me tendió la mano: se limitó a observarme con aquellos intensos ojos azules suyos (más adelante me comentaría: "Clax, con aquella mirada te dejé hecho polvo, ¿verdad?). Su mirada era aterradora. Tuve la impresión de que en menos de nada ya lo sabía todo sobre mí. Recuerdo que pensé: "Mierda, ¿en qué lío me he metido con este tipo?".



En una ocasión en que le acompañaba, conducía un Ford descapotable con tan sólo cincuenta kilómetros; lo llevó a toda velocidad por la autopista texana durante tanto tiempo que el motor empezó a humear y acabó por prender fuego. Entonces redujo la velocidad y me dijo: "Clax, cuando diga salta, ¡salta!". Conseguimos saltar en el instante mismo en que el coche estalló en llamas. Steve se sentó en la cuenta de la carrtera a una distancia prudencial del vehículo en llamas y se echó a reir a carcajadas. Yo estaba algo aturdido, y la experiencia no me resultaba tan divertida. El coche ardió por completo antes de que llegasen los bomberos. Al día siguiente, los titulares del periódico local decían: "La estrella de cine Steve McQueen escapa por poco a la muerte en un vehículo en llamas".


La revista Cosmopolitan me encargó un reportaje fotográfico sobre el diseñador de moda Rudi Gernreich. Le pregunté a Steve si estaría dispuesto a posar junto con Peggy [esposa de Claxton], que era la modelo favorita de Rudi y su musa particular. Steve accedió y disfrutó con la experiencia. En la fotografía aparece el Ferrari de Steve aparcado frente a su casa.




Fotógrafo y actor se conocieron y relacionaron en los primeros años de los 60. Este libro es el testimonio gráfico de esa etapa vital conjunta. Fotos directas y personales de un Steve McQueen irresistible.

William Claxton. Steve McQueen, photographs. Köln: Taschen, 2008. 192 pág.

sábado, 1 de noviembre de 2008

Susto tú, susto yo

Desde que voy sin cabeza por el mundo me he acostumbrado a ahorrar luz eléctrica. Si no enciendo las lámparas ni el ordenador, la migraña me respeta a medias. Pero esta nueva situación sólo la conozco yo y los que me leen compulsivamente. Por eso hay que ser tolerantes con las pobres criaturas que te descrubren, sin trampa ni cartón, un vulgar viernes por la noche, siendo éste, para más inri, día de Halloween.




Que Sondrina volvía, lo sabía ella. Que yo estaba en casa, a oscuras y cercenada, sólo yo (¡me repito!).
Cuando oí abrirse la puerta, me asusté y corrí, como alma que lleva el diablo, hacia el intruso blandiendo las tijeras (como Eduardo, ya no me separo de ellas) y gritando como una posesa.

AAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH!!!!!!!


Lo de los gritos resultaba patético porque parecían efectos de sonido provenientes de la propia casa ya que la cabeza estaba tirada en la cama y, desde la puerta, era difícil verla.
El intruso, a todo ésto, muy corpulento y con algunos añadidos que rodaban sin grandes dificultades, encendió la luz con mucha sangre fría.

- ¡¡Mala bestia!! ¡¡Mis ojos!! -aullé yo, corriendo a por el loctite y la cimera.

- ¡¡No cabesa!! ¡¡No cabesa!! ¡¡Aaaaahh!!

- ¡¡La bruja aún no sabe hablar castellano, joder!! -me dije, mientras me colocaba los pelos en su sitio.

- ¡¡Alegra yo, alegra yo!! -se abrazó a mi chepa de un brinco.

- ¡Que sí pesada, que yo también me alegro de verte!

- Je se bojati da te vidim bez glave, ali sam sretna.

- ¡Que no me hables en croata, coño, que no te entiendo!

- ¡Félis... yo félis! Ja, ja, ja... ¡Kontent, kontent!



Sondrina se pensaba que con tanta alegría me iba a olvidar de lo que había intuido en su silueta; por eso, despuéss de zafarme de su abrazo, regresé a la puerta y me encontré con dos baúles (como los de Karina, de grandes) y una maleta XXXL.

- Nena, ¿de dónde has sacado todo esto? ¿No lo habrás robado, verdad? ¡No me lo digas! ¡No quiero saberlo!

- Tu no enfadar, aaaah!!... odjeću, obuću, torbe...

- ¡¡Que no me lo cuentes!!

Y nada, oye, que me lo contó todo... que si una partida de bacarrá en el casino de Montenegro,... que si unos saltimbanquis camuflados de toreros en un circo rumano,... que si unos días de vacaciones en Montecarlo con el nieto de la yaya Marisca...

¡¡¡¡¿La yaya Marisca?!!!