¡¡Y todo vuelve a empezar!!

Se ha hecho muy duro este invierno. Stendhal, Kafka, Dostoievski, todos ellos, estaban acostumbrados a su presencia. Pero yo no.
El frío se instaló, como por casualidad, un día de octubre, y fue ocupando, con parsimonia enfermiza cada compartimento de mi solitaria presencia. Adoptó, incluso, la hechura del abrigo ajado que solía descansar sobre la butaca de terciopelo, cada jueves por la tarde, para vestirme de invierno y arroparme de estatua de hielo.
Y las cosas no hubieran sido diferentes si Matsuda hubiese renunciado a su papel de víctima en esta tragicomedia en la que se ha convertido la ciudad bajo el manto perenne de la nieve.

Hay días en los que ni él puede. Cree que es más fuerte que ella y que no perderá la guerra; pero las batallas, lentamente, van cayendo de su lado y él, triste caja metálica electrificada, debe rendirse a la evidencia y reconocer que el frío no le acaba de sentar nada bien.
La última vez me quedé bloqueada antes de llegar a la plaza de la victoria donde, meses antes, un torbellino cambió el tempo del concierto de cuerda que aquellos músicos ambulantes ejecutaban con partituras robadas a la historia. Un viento caprichoso arrebató cientos de corcheas del sol mayor en el que Dvorák ordenó las notas para su música favorita.
