
Paseando sin rumbo, por el gusto de hacerlo. Y en un rincón chiquito, al girar una esquina, una multitud de máquinas de escribir antiguas.
Orgía de teclas redondas con miles de grafías asentadas, mayúsculas y minúsculas, cifras y signos de puntuación.
Y yo con la nariz pegada en el escaparate, con una sonrisa tonta asomada al extremo de mis labios. Seguro que el señor de la tienda piensa... “Pobre criatura, tan grande y tan niña a la vez… ¡animalica!”.
Descorre el cerrojo y se apiada de mí, me salva.
Invitada a pasar, entro en otro mundo, negro reluciente y con olor a 3en1, y el antiguo empleado de la Olivetti me empieza a explicar una historia, la de todos aquellos artilugios para escribir.
Escucho con devoción mal disimulada que si una es americana, que si otra llegó la semana pasada de Alemania, en mal estado; esta otra, aunque no lo parezca, imprime boca abajo y luego hay que levantar el carro para ver el texto… y esta de aquí es para Braille.
Ingeniería de finales del s. XIX y primera quincena del XX.
Orgía de teclas redondas con miles de grafías asentadas, mayúsculas y minúsculas, cifras y signos de puntuación.
Y yo con la nariz pegada en el escaparate, con una sonrisa tonta asomada al extremo de mis labios. Seguro que el señor de la tienda piensa... “Pobre criatura, tan grande y tan niña a la vez… ¡animalica!”.
Descorre el cerrojo y se apiada de mí, me salva.
Invitada a pasar, entro en otro mundo, negro reluciente y con olor a 3en1, y el antiguo empleado de la Olivetti me empieza a explicar una historia, la de todos aquellos artilugios para escribir.
Escucho con devoción mal disimulada que si una es americana, que si otra llegó la semana pasada de Alemania, en mal estado; esta otra, aunque no lo parezca, imprime boca abajo y luego hay que levantar el carro para ver el texto… y esta de aquí es para Braille.
Ingeniería de finales del s. XIX y primera quincena del XX.

Y la fascinación nos envuelve a ambos, al viejo profesor y a la joven alumna.
Pasión a dos bandas.
Y en una pausa le cuento que es una lástima vivir tan lejos, él en Bilbo y yo en Barcinona, pues le propondría una exposición para lucir aquellas andróminas mecánicas tan fabulosas. Y él se sorprende, no encuentra el típico acento catalán en mi dicción… se sonroja como un mozo y ríe avergonzado.
Al final, le preguntó por qué máquinas de escribir.
¿Y por qué no? Desde los 16 años, chica, ¡y no me canso!.
Y mientras escribo estas memorias antes de comer, en la Taberna de los mundos (http://www.delosmundos.com/), una pareja de infieles se toma una caña esperando para entrar al comedor.

corchetes[cómo disfrutaría JJ si estuviera aquí, con tanto mapa fantástico grabado en las paredes y tanto dragón alado enroscado entre islas y continentes de ensueño]cierro corchetes
Y suena el móvil del chico y ella le hace señas para que no diga que están juntos. Cuando acaba la comunicación, él, un poco enfadado, la riñe: “Que sea la última vez que me haces eso. No me avergüenzo de ti y no me escondo. Que mi vida es mi vida y yo sé lo que quiero para mí.”
Ahora los tengo comiendo al lado, ¡aupa los amores furtivos y tullidos!, porque nos falta el brazo derecho del muchacho.