4 fantásticos
4 jinetes del Apocalipsis...
4 puntos cardinales,
4 estaciones de Vivaldi,
4 años para el bisiesto...
y de un tiempo a esta parte,
4 moennas.
K, la niña biónica, es una vieja conocida de estas goteras.
Olvidados ya sus años de esclavitud a unos vidrios tallados, se pasea con gracia y salero radiografiando todo lo que se le pone a tiro, pues esos ojos cibernéticos que el cirujano le ha dado dan para eso y mucho más.
Tímida hasta no poder más y lectora voraz de todo lo que aparece escrito sobre papel blanco, reciclado, maché, couché, etc., sería capaz de ir al scriptorium de Auster para decirle lo poco que le gustó el libro; o de viajar en el tiempo y perseguir al pobre Joyce para que le firmara su retrato de los dublineses.
Como buena cangreja, acostumbra a caminar de lado sobre todo en los días de julio. Como me la quiero mucho y soy incapaz de no imitarla, yo hago lo mismo y me voy de lado durante los junios.
Toda ella es poesía; y aunque a veces sus versos no encajan en la métrica racional de M (prosa hasta la muerte) o en el mar emocional en el que transciende T, hay que reconocer que se complementan a las mil maravillas.

Adicta a todo eso y últimamente a las pelis de James Bond pues está convencida que no ha nacido todavía varón que pueda superar en porte y estilo el cuerpazo de Daniel Craig, el tío al que mejor le queda tanto un traje como un sportwear. Yo coincido con ella pero me quedaría primero con Steve McQueen, no sin antes pelearme con K.

M, la niña del gas mostaza, sigue amenizando las reuniones del cuarteto calavera con escapes radiactivos, a veces controlados y otras sin previo aviso, pero con premeditación y alevosía.
Hace gala de unas magníficas lorzas adosadas a su escultural figura para protegerse de los ataques indiscriminados que, a veces, suele padecer de sus alumnos asilvestrados de la ESO.
Como buena versión femenina de Loquillo que es (aunque sólo en la pose), se torea a los violentos del instituto y a sus padres con una chulería tan descarada que le ha servido para convertirse en la jefa de los pasillos y de los turnos de patio.
Lejos quedan ya los años en que lucía ensaimadas y moñetes en su testa, a lo princesa Leia. ¡Qué tiempos aquellos!

Para el final, la que suscribe. Con un nombre como el de Tara no se pueden esperar grandes milagros y mis amigas lo saben. De ramalazos adrenalínicos extremos y acompañada en todo momento por un señor alemán que me esconde las cosas, me dedico a achicar agua constantemente de mi azotea para evitar los malos olores y la herrumbrosa humedad.
Pergeñar este blog constituye una gran hazaña personal que me gusta compartir con todo aquel que se lo merece: las moennas, el señor alemán (no queda otra), mis hijos de 80 años, los de la terapia de grupo de la tarde, los fans que me siguen de after en after para verme actuar de gogó, la yaya Marisca y familia, etc., etc., etc.
La única que lo tiene un poco mejor es M pues cohabita con un homo ibericus autóctono bastante apañaete que la comprende y sobrelleva lo mejor que puede… ¡y por un módico precio!