sábado, 3 de octubre de 2009

Incomunica2


Julen abandonó el seminario hastiado de tanto manuscrito miniado. De regreso a la civilización, estuvo dos días vagando por calles y plazas sin encontrar un consuelo satisfactorio para sus dudas existencialistas. Tras la última misa de 8, se encerró en casa sin poder salir ni poder abrir una ventana por miedo a que las figuras escapadas de los textos latinos que solía leer, descubiertos por casualidad en los recodos de la nave central de la iglesia del Santo Poder, pudieran apresarlo y castigarlo por su renuncia a la causa miniaturista.


Yo todo esto lo sé porque me lo explicó Nicolás, el nieto Marisca, un día que apareció en casa rodeado de raíces cuadradas y quebrados de baja estofa.
Vino a buscar a Sondrina para ir al cine pero los subíndices lo atraparon en una espiral de contrariedades tan fuerte que ni aplicando automorfismos pudo despejar la incógnita que lo mantenía cautivo de su manual de estadística.
Yo creía que los entomólogos tenían suficiente castigo persiguiendo desriñonados a bichos de variado pelaje, con un cazamariposas como aliado. Pero, si doy credibilidad a lo visto hasta ahora, cualquier parecido con la realidad subyacente es pura perplejidad.


La misma que manifestó mi semblante al oir hablar de Julen porque yo lo asocié de inmediato con Johnny “cara topo”, mi vecino mariano, pues el otro día supe que se dedica a arrojar al mar mensajes de amor cifrados en escritura oriental, la mayor de las veces en japonés coloquial.
Alguien le tendría que explicar que lo único que consigue es joder el feng shui marino y, de paso, contaminar un poco más el planeta azul. La abuela que me lo relató está convencida que es el resultado de una contraindicación medicamentosa producida por la falta de opiáceos en su organismo celular.
Yo, la verdad sea dicha, cuando una señora de 90 años introduce ideas génicas e histológicas en una conversación de ascensor sufro en silencio porque la conversación puede desembocar en cualquier juicio de valor desmesurado tan difícil de corregir como las arrugas de expresión de un perro chou-chou.


Y sigo sufriendo cuando suenan de fondo los alaridos de dolor de un violín desafinado o de un clarinete ciego de sentido rítmico. Pero claro… ¿quién es el guapo que se pelea con cuatro corcheas bien avenidas? ¿Y cómo podemos estar seguros de lo que marcan tantos gramos de trazos negros?
Sucesiones de rayas en repeticiones pentagrámicas, amanidas de volutas aquí y allá que desenfocadas asemejan pequeñas gárgolas escupiendo venenoso elixir caído del cielo.
Al final será cierto eso de que algunos compositores estaban bendecidos con una gracia divina que sus congéneres no sabían ni podían entender sin beber previamente algo de absenta.
En 1700 y pico, en el estreno de uno de los numerosísimos conciertos de Händel, pasó algo extraordinario: al caer al suelo uno de los candelabros que iluminaban la sala, los oyentes, asustados, creyeron que se trataba de un milagro y comenzaron a proferir “¡¡Aleluyas!!”, perdiéndose el final de la obra.
Quizás Händel era uno de ellos, de los bendecidos digo.


Pero volvamos a Johnny porque yo me lo imaginaba más trasteando fórmulas químicas para mejorar los rendimientos de su maría que pergeñando misivas romanticotas para encandilar a futuras chatis de ojos rasgados.
Cloruro de sodio, tetrafloruro de istiína, benceno diluido en ¾ partes de magnesia con óxido destilado de helio líquido… compuestos nanoestructurados para la fabricación masiva de cannabinoides.

Así salían los egipcios como salían: todos medio de lado pero con manos y pies de frente, como para un frotis o un examen de restos de pólvora del CSI. Para que luego los expertos te convenzan de que no son ellos en realidad los que salen retratados en sus pictogramas, sino ideas y conceptos de una vida en el más allá. Jeroglíficos para intentar describir a su manera un futuro del que nadie habría regresado para atestiguar los aciertos o los errores de las previsiones más halagüeñas.
La comunidad científica internacional desquiciada por un trozo de piedra garabateada en tres escrituras diferentes, a cual más extravagante, para llegar a una conclusión salomónica.

En definitiva, signos y más signos, enlaces, raíces,… borrones caídos de un tintero con razón aparente pero desconocida para la gran parte de los mortales.
Voy a seguir bajando con esta señora tan simpática de 90 años hasta la portería porque le ha dado una lipotimia cerebral de tanto palique en soniquete y no tiene buena cara.

3 comentarios:

Tesa dijo...

Veo que sigues abducida y bajo el influjo kafkiano, que texto más interesante lleno de matices de recovecos y de símbolos matemáticos, musicales, jeroglíficos...

Necesito volver otro día y releer, porque hay algo encriptado que intuyo y que no he visto todavía.

Los libros miniados son una preciosidad.

Besos, Tara

Deprisa dijo...

Tantos tipos de lenguajes y tan poca comunicación... Es difícil entenderse cuando parece que las personas se empeñan más en hablar que en transmitir.

Nicolás dijo...

Tara, cabe la posibilidad de diseñar sustituciones criptográficamente seguras mediante aproximaciones periódicas de aplicaciones caóticas. La expectativa detrás
de esta propuesta es, por supuesto, que las aproximaciones puedan heredar las propiedades de mezcla de tales aplicaciones, al menos si la velocidad de convergencia es la adecuada y las particiones correspondientes son lo suficientemente finas.

Seguiré investigando.