
He ido a tomar el té con unos señores muy majos, muy simpáticos y muy… de todo.
Bueno, lo cierto es que me he pedido un café por aquello de que yo el té me lo tomo en casa.
Pero, a lo que iba, que ha sido un encuentro muy ameno, muy distendido y muy… de todo.
Un encuentro que viene repitiéndose, año tras año, desde hace unos cuantos y en el que, entre risas sibilinas y cumplidos trasnochados, hacemos un repaso exhaustivo a la actualidad económica de nuestras ajetreadas vidas.
Hasta la fecha, estos señores, cuadradas sus vestiduras (y sus cuentas), se hacían los generosos y premiaban mi buena gestión con algunas gratificaciones pecuniarias que yo me limitaba a agradecer y a dilapidar (en este orden) en menos que engomina su pelo CRistiano.
Pero este año, el peluquero se ha jubilado (vamos, que no ha sonado la flauta); y aunque les duele en lo más profundo de su intestino delgado, se ven obligados a solicitar (también por este orden) mi comprensión y mi colaboración más inmediata.
El decoro y lo apretado del vestido han evitado una desgracia mayor. El efecto butifarra conlleva un cese transitorio del riego articular en puntos estratégicos del organismo por lo que ante la interpelación…
El resultado de su borrador es de CIENTOS de euros a INGRESAR
sólo he hecho que reírme,
y reírme,
muy mucho… de todo.
Y en el encefalograma plano han empezado a dibujarse ciertos enigmas interrogativos:
¿quién pagará ahora el abono de l’Auditori?
¿quién le dirá a Sondrina, mi sufrida asistenta, que no verá recompensado (a nivel económico) su escaso esfuerzo laboral?
¿quién me invitará este año ha realizar un crucero o a visitar las ruinas mayas?
¿quién se hará cargo del recibo de la tele para no perderme ni uno solo de los partidos del Barça?
¿quién…?
¿quién…?
Cuando me recupere del pasmo, pondré en regla mis papeles y pediré asilo humanitario e intransferible en las Islas Caimán, muy lejos y muy al este… de todo.
Bueno, lo cierto es que me he pedido un café por aquello de que yo el té me lo tomo en casa.
Pero, a lo que iba, que ha sido un encuentro muy ameno, muy distendido y muy… de todo.
Un encuentro que viene repitiéndose, año tras año, desde hace unos cuantos y en el que, entre risas sibilinas y cumplidos trasnochados, hacemos un repaso exhaustivo a la actualidad económica de nuestras ajetreadas vidas.
Hasta la fecha, estos señores, cuadradas sus vestiduras (y sus cuentas), se hacían los generosos y premiaban mi buena gestión con algunas gratificaciones pecuniarias que yo me limitaba a agradecer y a dilapidar (en este orden) en menos que engomina su pelo CRistiano.
Pero este año, el peluquero se ha jubilado (vamos, que no ha sonado la flauta); y aunque les duele en lo más profundo de su intestino delgado, se ven obligados a solicitar (también por este orden) mi comprensión y mi colaboración más inmediata.
El decoro y lo apretado del vestido han evitado una desgracia mayor. El efecto butifarra conlleva un cese transitorio del riego articular en puntos estratégicos del organismo por lo que ante la interpelación…
El resultado de su borrador es de CIENTOS de euros a INGRESAR
sólo he hecho que reírme,
y reírme,
muy mucho… de todo.
Y en el encefalograma plano han empezado a dibujarse ciertos enigmas interrogativos:
¿quién pagará ahora el abono de l’Auditori?
¿quién le dirá a Sondrina, mi sufrida asistenta, que no verá recompensado (a nivel económico) su escaso esfuerzo laboral?
¿quién me invitará este año ha realizar un crucero o a visitar las ruinas mayas?
¿quién se hará cargo del recibo de la tele para no perderme ni uno solo de los partidos del Barça?
¿quién…?
¿quién…?
Cuando me recupere del pasmo, pondré en regla mis papeles y pediré asilo humanitario e intransferible en las Islas Caimán, muy lejos y muy al este… de todo.