viernes, 2 de abril de 2010

en Blanco


Azotado a los cuatro vientos.
Inerte como la roca en el margen del camino.


Sin despegar mis ojos del suelo, siento caer la nieve helando las gotas suspendidas entre tú y yo. El paraguas perdió su color original a manos de un manto blanco, frío y tupido, que pesa más de lo debido. Y aún así me cuesta mirarte a la cara; aún a sabiendas que no puedes hacer nada para remediarlo.


Esqueleto perdido en un mar de fósiles muertos.


Recorro cada renglón de ventanas con la esperanza de encontrar tu luz, como si fueras el faro salvador en medio de la tormenta, como si realmente quisiera salvarme de lo extraordinario de la jornada.

Apenas unas horas y todo quedará grabado en tu fachada inmaculada. Blanco sobre blanco, irrealidad sobre espejismo.
Y, a pesar de eso, ¿no podré mañana explicar que te vi erguido ante el peligro, sólo y desamparado, sin miedo a equivocarme o a olvidarme?
Los dedos atenazados por el frío me dejaron disparar una instantánea más acerca de nosotros dos, donde yo no aparezco, ausente por completo de contraste.

Te juro que siempre recordaré este día de marzo, aún a riesgo de sobrevivir cuarenta años más en estas circunstancias tan especiales, idolatradas en el jardín de los quince pinos.

2 comentarios:

Paprika Jonhson dijo...

blanco... una historia con frases caoticas y laberintos que no tienen entrada ni salida.

me gusta :)

Tesa dijo...

Madre mía, madre mía, ese edificio se ve desde la casa de una de nuestras hijas en Santa kemola, aunque ya han vendido el piso y al inqulino le molaba lo de ver el edificio o edificios desde su ventana, y sí antes había más verde que blanco...


Me he quedado en blanco entre este juego de idilios o ¿era otra cosa? Ay qué lío.

Un beso.