domingo, 27 de marzo de 2011

Luna de nata


Nada montada. Ahí es nada. Con una obturación de la hostia, en blanco y negro y sin trampa ni cartón. O eso es lo que Sondrina jura y perjura.

Nata montada. Otra de las maravillosas fotografías culinarias de mi no del todo bien apreciada asistenta. En esta ocasión sólo hizo falta que una servidora, armada con delantal y artilugio montador, batiera el fluido elemento hasta conseguir la textura idónea para obrar el milagro artístico.

Nata montada. ¿Podéis apreciar los hoyuelos como diminutos cráteres? A mí me recuerdan las pisadas sobre la nieve, el molde gélido que delata la presencia humana más allá de las cumbres más escarpadas.

Nata montada. Si los familiares albano-kosovares de Sondrina levantaran la cabeza lo suficiente y acertaran a descubrirla tras el objetivo, estarían conmigo en que el mundo ha perdido a una gran francotiradora porque donde pone su ojo pone…

Nata montada. La próxima vez le pediré explicaciones menos cáusticas. Quiero saber qué tiene ella en contra de los postres caseros para ir reventando mis recetas en aras del lenguaje poético no conceptual de la fotografía de autor.




Fotografía APOD: Iapetus

6 comentarios:

Folhetim Cultural dijo...

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Igor dijo...

Me ha gustado. Esa estructura de entrada se podría aplicar a muchas otras cosas, más corrosivas que la nata montada.
Excelentes dunas de nata.
Saludos.

Ramón Arbe dijo...

No, esta vez no me engañas,
eso no es nata montada,
son las montañas de la Luna.

German Buch dijo...

La sugerente propuesta se gestó antes que nos sirvieran el segundo plato, en aquel restaurante en forma de U, con nombre participativo en tres. El lugar era coqueto, no bullicioso a esa hora tranquila de la tarde.
Ella manifestaba su destreza sobre la delicia aprendida en la elaboración casera de la nata montada.
Hacia unos dos años que no se veían. El tiempo, por unas u tras razones había puesto mar por medio en su relación. La II Jornadas del Postre Mediterráneo, que se celebraba estos días en Barcelona, fue la agradable causa del reencuentro.
La primera vez que Ella tomó nata montana, recuerda como si fuera ayer, fue en Viena, concretamente en el café Hawelka. Un café algo lúgubre en su interior pero que mantiene intacto el decorado de los años 30. Él quería que su acompañante, la misma mujer que hoy salía asida a su cintura por la calle Bot hacia la calle Portaferrisa dirección a Petritxol, probara una de las especialidades del café Hawelka, Buchteln, bollos de mermelada cubiertos de azúcar.
Recordando aquella escena, reían. Ella prefirió un suizo, es decir, aire en burbujas flotantes de agua transformadas en nata, con chispitas de sacher y leche, nata montada, me dijo.
La noche, en los últimos esténtores del verano, calida, serena; una noche apetecible para pasear. Nos acercamos a uno de los cafés en la calle que lleva el nombre del señor Petritxol, dueño de todo el contorno con campos sin límites en el siglo XVII.
Ella, el amor de ayer reencontrado hoy, aceptó el reto tan popularizado sobre la elaboración de la nata montaba en el café con nombre de mujer, Aldonza Lorenzo, esto es, la Dulcinea del Toboso.
Al llegar al café, Ella volvió a tomar un suizo, nata montada, recordando aquel atardecer por las calles de Viena. Su lengua abrillantaba la cuchara, una inequívoca señal que el sabor y la dulzura de la nata montada que recorría su paladar, honoraba el buen nombre del local.
Pasada la medianoche, entre anécdotas y aventuras personales en esos casi dos años de ausencia, Ella le invitó a su casa, mismamente a pie de la Avenida del Tibidabo.
Mientras Ella le acercaba comodidad para sus pies y un albornoz para su comodidad, se retiró al baño enfundada en otro albornoz a juego con el que Él vistió su desnudo cuerpo.
El silencio llenaba el espacio amplio del comedor y un leve ruido de fondo, como sonata orquestal en la noche, acompañada el fluir del agua que relajaba el cuerpo de Ella en el baño.
Ella le dijo que le preparaba una sorpresa y que al final de la misma debía dar su veredicto como asesor jurado de esas Jornadas del Postre Mediterráneo. Hasta que no le diera el toque final, Él no debía presentarse al encuentro de la dueña de esa voz final.

Mientras tanto, Ella, desnuda en su habitación, impregnó de nata sus blancas colinas, haciéndolas más blancas, como picos recién nevados, deslizando un caminito de nata hasta su ombligo, cubriendo su sexo de blanca nata.
Él, distraído con una revista de tiempo pasado, oyó la voz de su amor de ayer.

-No enciendas luces, querido.

Al entrar en la habitación, una florescencia blanca cubría el cuerpo de su amante.
La nata montada sobre su desnudo cuerpo, era el postre del cual Él, como jurado, debía pronunciarse una vez saciado de esa dulce nata montada.

El resplandor de la luna iluminada la estancia, inundando el Mar de Nectaris de su amante.

verdial dijo...

Que hermosa fotografía. Yo también dudo de que sea una obra culinaria de tu asistenta...

Un abrazo

Tesa dijo...

Tienes que comprender a tu asistenta, Tara, la nata montada o el postre que hagas con ella es efímero, y esa textura de luna llena de cráteres sugerentes puede durar para siempre.

Es la Obra de Arte frente al arte culinario, no hay color.

Muy interesante el resultado.

Un beso,