viernes, 2 de septiembre de 2011

Domestic affairs

Tengo un conocido que, en sus ratos libres, hace de bombero.
No hace mucho desayunamos con cava y revolvimos viejos tiempos, de aquellos que yacen con cierta pátina de polvo más allá de nuestras últimas conquistas memorísticas.



De entre esos arcanos recuerdos destaca sobre todos el que atesora la jornada de nuestro descubrimiento mutuo.
Me había quedado sola en casa (el marido y los hijos que NO tengo habían salido a comer palomitas y visionar una película), y me dio por darme un baño espumoso con sales de las que vienen en elegantes frasquitos de porcelana, rodeada de velitas made in IKEA.
Entré en el agua contracturada y emergí botticelliana (hace una eternidad –o dos- que no tengo abuelas).
Había dejado la toalla y la ropa en el dormitorio ex profeso, me hacía ilusión ir dejando mis huellas por todo el piso, como un reguero sensual de… de… no sé, ya se me ocurrirá algo…


En definitiva, que después de darme semejante homenaje acuático, me pasearía desnuda y sería feliz.
Pero siempre hay un pero, y en este caso mayúsculo.
ME QUEDÉ ENCERRADA EN EL BAÑO.
El pomo del otro lado de la puerta se había separado por completo del de mi lado y cuando fui a abrirla me quedé con la maneta en la mano y oí caer la otra al suelo.
En esta situación son importantes dos cosas: disponer de una más que aceptable función pulmonar y gozar de la atenta mirada de una vecina fisgona. Quien tiene eso y cuerdas vocales para proclamarlo a los cuatro vientos, tiene un tesoro.



En mi caso, Manoli, mi cotilla particular, llamó a los bomberos para que me echaran una mano, o las que yo hubiera de menester; y en un periquete sentí el estrépito de la cancela de casa al morir reventada, y los pasos apresurados de varios uniformados con manguera a cuesta.
[que esto último es un mito lo sabe todo el mundo pero más vale pecar de ingenuo que de sabiondo]


La puerta del baño era el cortafuegos de un bunker aunque nadie lo sospechaba y yo menos que hace que vivo aquí, uffff, ni sé el tiempo. Pero a ambos lados de esa férrea muralla nos pusimos a trabajar con ganas.
[Aquí sólo cuento mi parte, si acaso otro día le pido a mi amigo que explique su versión de los hechos]
Pues bien, encerrada y desnuda como estaba, medio asfixiada por el olor a cera candente y sin la ocurrencia de abrir la ventana para dar entrada al H2O, mi cabeza sólo podía procesar la imagen indefensa y no muy presentable (que todas en estas circunstancia no vemos más que michelines, pieles de naranja y zonas enrojecidas) de una protagonista de chiste.




- Tranquila, estamos aquí para ayudarte, en un segundo te sacamos. ¿Estás bien?
- De fábula, pero dadme más tiempo, que con un segundo no tengo ni para empezar.


Sin cortina ni alfombrilla en las que enrollarme como vulgar matahari, opté por desarrollar mi vena egiptóloga.
No podía extraerme las vísceras, ni disponía del equipo médico esencial ni era estrictamente necesario, además la idea era seguir viviendo fuera de allí. Así que me momifiqué a duras penas con las vueltas mullidas del papel higiénico.

Con un top y un cinturón algo ancho podía pasar pero no era suficiente, necesitaba dignificar al máximo mi vergüenza por lo que me vendé la cara como si me hubieran hecho una reconstrucción facial dos días antes.
Para cuando cayó la losa que había provocado mi cautiverio, yo ya estaba más que preparada y, extendiendo los brazos hacia delante, eché a caminar. La mezcla entre “muñeca de famosa” y zombi apresuró a mi salvador quien me recogió entre sus brazos y provocó fracturas por doquier en mi frágil vestimenta.




Ahora nos reímos y me paso medio cita jurando al bombero que la del vendaje soy yo, mucho más recuperada con ropa y peinada que aquel día. Él hace ver que me cree y seguimos dando cuenta de la botella hasta que las burbujas hacen su efecto y volvemos otra vez a nuestras batallitas…








(le debía esto a mi amiga A desde hacía más de dos meses, espero que mi adaptación le haya arrancado alguna que otra sonrisa)

3 comentarios:

verdial dijo...

Lamento mucho la situación que se produjo, pero me ha encantado. Me has hecho sacar más de una sonrisa imaginado las escenas. Una entrada muy divertida, a pesar del mal rato que pasaste.

Un abrazo

Tesa dijo...

Eso de que el cuerpo de bomberos cuenta con los mejores cuerpos, no es un mito, nena, que un día vinieron a mi último trabajo remunerado a una convección; y a la pregunta de mi jefe al verlos en manada en el vestíbulo:

-¿Tú sabes quienes son estos?
- Bomberos, dije sin dudarlo. No se ven tantos cuerpos bien diseñados en tan poco espacio.

Y mi jefe, mosca, se miro su tripilla cervecera con resignación.

Tara, un relato muy bueno.

No hay nada como tener una amiga ingeniosa para embellecer y dar emoción a los recuerdos. Espero que a tu amiga le haya gustado tu versión.

Besos, Tara.

Anne Fatosme dijo...

Me he reído mucho, una situación insólita con mucho morbo, ay los bomberos!, y una momia de lo más botticeliana! Con un fin lleno de burbujas! Gracias por las risas!
Un cordial saludo,