miércoles, 4 de febrero de 2009

Inocentada friki de la Suzuki 500

Hace unos días, a propósito de las inocentadas del 28 de diciembre, escuché en la radio lo que sigue:

“Hola, sí, buenos días. Yo, la otra noche, paseando con la fresca y a la altura de la filmoteca, sentí mi corazón palpitar de alegría. Entre las motos aparcadas, un bellezón, un gran clásico del motociclismo mundial,… una joya,… una Suzuki 500 espectacular. ¡Guaaaaau! En cuanto la vi, me postré a sus ruedas, reverencial; y conteniendo unas lagrimitas, lleno de emoción, me regalé los sentidos acariciándola. En esas estaba cuando un energúmeno vino a sacarme de mi nirvana, empuñando una barra de hierro y profiriendo insultos y amenazas. Yo no hacía daño a nadie, sólo estaba rendido al deleite contemplativo de un mito; y aquel cabrón, surgido de la nada, no hacía más que repetir que le alegrara el día, que tenía ganas de reventarme la cabeza y así esparcir mis sesos por la acera…”



También hace unos días tuve mi segunda cita con el Macho Alfa.
Para ganármelo ya de entrada, le invité a una sesión cinéfila con el sugerente título de “La guerra del opio”.
Quizás fue una elección demasiado arriesgada si se tiene en cuenta su adicción a los opiáceos pero, en aquel momento, me pareció un guiño divertido. Como también me pareció divertido atender con los ojos bien abiertos sus pormenorizadas explicaciones sobre la Suzuki 500, una bestia parda que, según él mismo, galopa y corta el viento cuando pasa por el puerto, caminiiiito de… Barcino-ooona.

Después de la peli, y a pesar de las dos horas de chino mandarín que aguantamos estoicamente, el Macho Alfa tuvo el humor suficiente para proponer una cena romántica en un restaurante de ojos rasgados.
Ahí descubrí cómo un hombre puede engullir siete platos de un menú para dos sin padecer una perforación de estómago. El truco está en hacer disfrutar gastronómicamente al paladar, sin importar el tiempo consumido, mientras tu acompañante, mejor si viste de mujer y queda reducida a unos pocos cubitos de hielo, con una trabajada sonrisa monalisera en su rostro, para que el que come tenga un bonito paisaje por el que pasear la vista… mientras, decía, la que te acompaña ni sufre ni padece por el frío del local.

Pero sin lugar a dudas lo mejor de la noche vino luego, una vez desentumecidos los músculos al calor del climatizador del M3, cuando acompañé al Macho Alfa a recoger su moto.
Volvíamos a la casilla de salida. Para que la velada no pasara sin pena ni gloria, intenté una maniobra de aproximación, con el freno de mano clavado en el hueso de mi cadera. La intensidad del momento subía de tono y con una maniobra pavorosa del Macho Alfa que me dejó petrificada, éste salió del coche, barra de hierro en ristre, hacia donde las motos estaban aparcadas.

[No me negareis la osadía y la originalidad de esta práctica amorosa]

Yo no fui consciente de la aparición del intruso pues me encontraba de espaldas al parabrisas. Por eso, cuando acerté a recuperar mi posición ante el volante, le vi agachado a los pies de la Suzuki mientras el Macho Alfa, desde la acera y transfigurado en Harry el Sucio, le decía: “¿Qué? ¿Te gusta, eh?”.
El tipo seguía admirando la moto, cagado de miedo, aferrando un paquete contra su pecho.
“Vamos, alégrame el día”.
Yo no sabía qué hacer. El Macho Alfa esperaba el 0 en su cuenta atrás mental para atizarle fuerte con la barra. Un “sobre la ropa, para que no deje marcas” apareció sobreimpresionado en su frente, en letras luminosas y a doble espacio.

¿Quién no ha soñado ser, en alguna ocasión, espectadora de excepción? Un tipo con paquete bomba y otro enfurecido al extremo: ¿qué más se puede pedir?
Alta tensión, fundimiento de plomos, maleza rodando por la calle mientras alguien silva la tonada de “El bueno, el feo y el malo”… y todo, todo y todo no por mí (que dicho sea de paso, tampoco exijo a diario porque la menda no está tan güena) sino por un triste amasijo de hierros y hojalatas, dispuestos con una cierta gracia para que se pueda desplazar manteniendo el equilibrio sobre su propio eje,… pero sin dejar de ser lo que es: ¡¡una [puta] moto!!


Desde ese nefasto día, todo ha cambiado.
El friki usa las tena lady de su madre para esas pequeñas pérdidas que aún le persiguen.
Yo esquivo las preguntas trampa de Sondrina, obsesionada como está en saber si me limpiaron las telarañas de los bajos o no.
El Macho Alfa se ha comprado todos los discos de Ennio Morricone y todas las películas de Clint Eastwood.
Y la Suzuki 500,… la Suzuki 500… aún se parte la caja (de cambios) en su retiro de la plaza de parking 2812.

9 comentarios:

Tesa dijo...

Hola, Tara, me gusta esa ironía racial que tienes. Muy bueno el relato.

Y sí, hija cómo decíamos cuando yo era más joven "El ganado está fatal", porque pasas de un Macho Alfa a un delicado individuo mimado por su mami y sus tres tías solteras que no sabe para donde tirar, en todos los sentidos, y que tu amiga, esa que nunca se puede contener, te pregunta: oye, seguro que no es gay.

Una vez un tipo intento ligar conmigo haciendo rodar en su dedo el llavero de una Kawasaki y diciendo su nombre y la cilindrada como un conjuro. Solté la carcajada, lo miré de arriba abajo y le dije: Es una cámara oculta, ¿no? Por suerte, el chico todavía tenía arreglo y acabamos riendo de su estupidez infantil.

Me ha encantado pasarme por tu azotea.

Besos

Pablo dijo...

me he partido de la risa sentado en tu azotea. Mira si las goteras son lagrimas de la risa que se me han caido
estupendo

Pablo dijo...

qué personajes¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡

C. Chase dijo...

Un hombre puede ser destruído.
Pero nunca derrotado.

Tara dijo...

Gracias Tesa
Gracias Pablo
me alegra que hayais pasado un rato divertido... porque, lo cierto es que, la risoterapia viene genial para los momentos bajos y para el cutis (pensad que las empresas de cosméticos en algo se tienen que entretener y nuestras arrugas de expresión son lo más sencillo de atacar).

Y Chase, tienes muchíiiiima razón: ¡la derrota nunca!

S.T.G dijo...

Yo una vez quise comprar una Derbi Variant pero no me la financiaron. La chica del concesionario me ponía como una moto e intenté engatusarla, pero apareció su marido que medía dos metros y llevaba una chupa de "Harley Davidson".
Me fui en metro a mi casa y me ajusté el tubo de escape yo solo.

No me gustan las motos.

Pero sí tu relato. He leído un par más y he pasado un buen rato.
Y me ha salido un pareado. Con lo nefasto que soy para lo poesía.
En definitiva, un tiempo bien invertido, ha sido divertido.
Mira, otro. Me voy antes de mutar en un Neruda.

Se te saluda. Oh, mierda.

Tara dijo...

Ay señor, esta es la semana de las motos!!!
hoy en el concierto del Auditori me he reencontrado con un antiguo compañero de abono y me ha contado que se había comprado una moto y que se moría de ganas de enseñármela... (por qué me tocan a mí todos los raros???)
la BMW R1200 no es una moto, es un caballo!!!
yo he puesto cara de interés y él se ha desecho en explicaciones... ha pasado un rato feliz y me alegro.


y justamente el comentario de S.T.G. va también de motos...
por cierto, bienvenido a esta mi azotea y no trates de engañarme, seguro que la poesía se te da bien porque si fueras sólo prosa no serías capaz de discurrir 3 pareados en apenas unas líneas... ;-))

C. Chase dijo...

Muerto el perro
ya no hay rabia,
que dicen.


Pero en este caso yo soy un perro más difícil de matar que un gato.

C. Chase dijo...

Y a este perro le queda rabia para rato.