Yo no tuve nada que ver.
Lo juro.

Duermo, pero me despierto de golpe.
La cama se mece obstinadamente y estoy a punto de marearme.
No entiendo nada pero no enciendo la luz de la habitación. Espero los gritos orgásmicos de mis vecinos y no se producen, el silencio es aterrador.
¿Tendré los oídos taponados?
Por fin le doy al interruptor y miro la hora en el móvil. Las 3.40.
Lo vuelvo a dejar sobre la mesita de noche y, al incorporarme en la cama, veo que todo a mi alrededor se balancea.
Se balancean las dos camas, el pijama rojo comprado de rebajas, el armario vacío, la tele colgada de la pared, las cortinas, la lámpara suspendida del techo,… hasta la puerta del lavabo.
Y el silencio se acompasa con los crujidos de los muebles, se diría que no están acostumbrados a estos bailes intempestivos.
No puede ser un polvo salvaje. Parece, más bien, un terremoto… un terremoto…
Seguimos en este danzar infinito un minuto más, aunque puede que fuera menos.
En el hotel todo parece tranquilo, quizás estemos esperando la señal inequívoca de que sería mejor salir corriendo. Pero nada pasa, menos el vaivén.
Me pican los ojos y la imagen se me hace ya demasiado repetitiva. Apago la luz y me tumbo. Deseo que pare pronto.
Poco a poco, el movimiento se lentifica hasta desaparecer por completo.
Ahora sí que no se oye nada, ni los crujidos.
No acabo de creerme la posibilidad de un terremoto en Roma.
Cuando recupero el sueño, me imagino trenes militares viajando por el subsuelo, custodiados por aguerridos agentes secretos.
El lunes me levanto temprano para ver la pirámide, el cementerio acatólico, el circo massimo, la boca de la verdad, la máquina de escribir, la piazza Navona…
Y cuando llamo a casa para contárselo a mi madre, ella me dice lo del terremoto de Aquila, a 80 km de Roma.
Sólo entonces me doy cuenta de la gravedad de los temblores.
Sólo entonces lo entiendo todo.