sábado, 4 de abril de 2009

Winter edition

La luna ciega los caminos,
se niega obstinada a salir a escena.
Mientras, cuatro luceros,
clavados con alfileres al firmamento,
tintinean cual cascabeles sordos al compás de un nocturno en fa menor.
Las sombras se apoderan, pegajosas,
del instante en el que un beso robado al carmín descolorido del maniquí
te descubre los amores furtivos entre el apuntador y la cigarrera.



Se ha hecho muy duro este invierno. Stendhal, Kafka, Dostoievski, todos ellos, estaban acostumbrados a su presencia. Pero yo no.
El frío se instaló, como por casualidad, un día de octubre, y fue ocupando, con parsimonia enfermiza cada compartimento de mi solitaria presencia. Adoptó, incluso, la hechura del abrigo ajado que solía descansar sobre la butaca de terciopelo, cada jueves por la tarde, para vestirme de invierno y arroparme de estatua de hielo.
Y las cosas no hubieran sido diferentes si Matsuda hubiese renunciado a su papel de víctima en esta tragicomedia en la que se ha convertido la ciudad bajo el manto perenne de la nieve.



La luna, transmutada en gajo de mandarina,
que desaparece engullida por el hambre atroz de la noche.
Sólo dos estrellas
permanecen velando el escenario taciturno de la obra,
aburridas y grises,
como si su fulgor, de polvo estelar conformado,
se hubiera diluido en las vueltas concéntricas de la ley de la gravedad.
Aún quedan restos de purpurina en la cola de ese cometa.




Hay días en los que ni él puede. Cree que es más fuerte que ella y que no perderá la guerra; pero las batallas, lentamente, van cayendo de su lado y él, triste caja metálica electrificada, debe rendirse a la evidencia y reconocer que el frío no le acaba de sentar nada bien.
La última vez me quedé bloqueada antes de llegar a la plaza de la victoria donde, meses antes, un torbellino cambió el tempo del concierto de cuerda que aquellos músicos ambulantes ejecutaban con partituras robadas a la historia. Un viento caprichoso arrebató cientos de corcheas del sol mayor en el que Dvorák ordenó las notas para su música favorita.



La luna mediada
se atreve a seguir a los que de negro van.
Mira de ser discreta para no molestar
y siente una felicidad infinita
al sentir el lujo de sus risas alejándose por el fondo.
El cielo, escondido tras las nubes,
sigue tranquilo pues la guía que los hombres esperan
se despereza de su letargo mensual.




Matsuda se ve grácil con su kimono en este tiempo. Le gusta hacer todo lo que sabe que no soporto, para demostrarme que, como el junco, sigue en la ribera a la espera de una nueva primavera.
A Matsuda le regalé la última flor del rosal, puesta a secar entre las rimas de Goethe.
“Te pincharé para que siempre te acuerdes de mí”, dice la rosecilla de manos del poeta.
Cada una de las palabras ha quedado sellada en sus pétalos encarnados; y la tinta ha dibujado ligeros trazos donde en vida sólo había existido dulce aroma.
Al pasar las páginas, un ligero toque se percibe como si gotas de una exquisita fragancia se destilaran al recitar los versos, uno a uno y casi en silencio.
Como la rosa con el libro, así haces tú sobre la alfombra blanca: pisadas perfumadas de crisantemo.



Luna llena,
tendida de espaldas al sol,
para melancólico entretenimiento de unos pocos.
Valles abiertos a las cañadas,
donde claros y sombras colorean tu cara.
Parece mentira que sólo funciones como un vulgar espejo,
reflejando la luz fulgurante de otro.
Los niños aún no saben del timo,
y los enamorados tampoco.
Aquellos que te rezan cada noche saben que siempre estás ahí,
pendida de un hilo,
a merced de un viejo tramoyista.

6 comentarios:

Tara dijo...

realmente, se me ha hecho muy largo este invierno...
y los derrames "palabreros" me han colmado de ideas y sentimientos.

para muestra un botón.

Meryone dijo...

te pincharé aquí para que siempre te acuerdes de mí...

creo que algún día voy a decirle eso a alguien (justo antes de desaparecer, claro)

besos

C. Chase dijo...

La luna tiene el periodo.
Las estrellas brillan amnióticas.

Pablo dijo...

caramba si que es verdad que ha sido largo el invierno y el frioi. suerte que ahora está el calorcillo que deja salir a la luna
un abrazo
cada vez escribes mejor

ALOMA69 dijo...

Al parecer la primavera será también muy fria puesto que el Sol se presenta sin mucha actividad (no se observan erupciones en su corteza).

Las imágenes del invierno invitan a la poesía y al romanticismo pero yo ahora necesito SOL Y CALOR, aunque sólo sea en fotografías.

Abrazos!!!

Tesa dijo...

Un post maravilloso, Tara, texto y fotografías elegidas. Lo leo y lo releo.

Me gusta tanto, que hasta me dan ganas de que no se acabe el invierno, aunque venga, va sí, que está siendo muy largo, y en Brcelona no estaba acostumbrada a que fuese así.

Me ha gustado un montón.

Besos, Tara.