
El resultado lo comparto con todos aquellos que, de vez en cuando, se pasean por esta azotea.
¡Espero que os guste!
Yo a Celia la conozco desde aquel verano en que intenté hurtar, sin mucho éxito, las obras completas de O’Keefe, camufladas en el carro de la compra entre dos lenguados de playa. Al pasar por el arco me pitó todo, incluidas las agujas de hacer calceta que me había prestado la yaya Marisca para que probara de relajarme bajo un pino durante las vacaciones.
Celia se apiadó de mi obsesión compulsiva, aquella que me obliga irremediablemente a conseguir libros por cualquier método conocido y a atesorarlos en casa como oro en paño…
¡Suerte que llevaba el justificante del médico!
A raíz de aquel incidente, mi terapeuta supo de la existencia de la bibliotecaria y me hizo prometer que lo llevaría un día para poder conocer de primera mano el ambiente literario que por allí se gasta.
Para no violentarnos con el acto social, se me ocurrió ir en carnaval, el día de la rúa para ser más exactos, ataviados con nuestras mejores galas interestelares.
Para Celia aquello fue demasiado surrealista, eso de darle dos besos a la visera panorámica de un tipejo con casco no le pareció demasiado ortodoxo.
Por otro lado, fue una suerte que Ignatius, mi terapeuta, vistiera de aquella guisa. Se ahorró dar un montón de explicaciones deshonrosas sobre las mutaciones que experimentó su anodino cuerpo al enfrentarse a la tremenda Celia.
El bulto y la mancha que transfiguraron su entrepierna sucesivamente fueron achacados a su papel de astronauta, y no a una inoportuna erección de su miembro viril, sin actividad manifiesta (que se sepa) hasta dicha fecha.
Y es que el amor llega así, de esa manera, uno no se da ni cuenta…
Ahora no puedo ir a ver a Celia sin hacer sufrir a Ignatius porque me sabe mal no contarle mis tribulaciones con los libros.
Estoy pensando en presentarme con ella en su despacho para que los tres podamos sincerarnos, a riesgo de provocarle una apoplejía y fundirme al terapeuta.
Cuando llega la lluvia, Beatriz deja todo y se concentra en el arte milenario de verla caer del cielo. El jardín se convierte entonces en la percusión arrítmica de un eco furioso, el de los truenos más allá del follaje.
La fuente, indefensa ante la abundancia, se desborda lujuriosa sin reparar en la inundación que provoca. El surtidor central, inalterable, sigue escupiendo ráfagas contra la precipitación.
Extasiada, alarga la mano hasta sentir el roce de las gotas. Podría sumarlas y no se descontaría, así de lentas le parecen al tacto.
Sobre la palma, unos cuantos diamantes ruedan saltarines. Exhala sobre ellos un ligero suspiro y vuelan, en fila india, hacia el verde mojado de una planta.
Repican sobre las hojas y se produce el mismo efecto que al romperse un collar de perlas. Cuando se detiene el estrépito, las perfectas gotas talladas brillan otra vez al unísono, como si nada hubiera ocurrido en aquella bochornosa tarde de julio.
Para cuando el suelo luce empapado, ella ya siente frío.
La humedad de la tormenta se le ha metido dentro como si un espíritu la poseyera para robarle la tibieza de su frágil porte.
Addenda: dos notas manuscritas recuperadas al azar del gabinete, esa misma jornada. Diálogo de sordos entre Beatriz y su profesor, el señor Owens.
Mi querida niña, dos puntos: Tiene usted la desagradable virtud de irritarme, de sulfurarme incluso, de enfurecerme. Punto y aparte.
Compadezco al desafortunado caballero que, bendecido por su santo padre, el barón, acceda a casarse con vos, pues se convertirá en el más triste, coma, enojoso, otra coma, malcarado, sigue otra coma, infausto y doloroso de los mortales.
Post scriptum: ¡Bájese ahora mismo de la ventana! ¿Es que no le han enseñado modales? ¡Qué será de usted, mi asilvestrada y salvaje niña!
Estimado y admirado profesor, dos puntos también: abusa usted en exceso de los calificativos. Punto. Se empeña en hacer traducciones literales del latín y su discurso se hace retórico, aburrido. Punto y aparte.
Recupere las lentes para sus miopes ojos y encamine sus siempre lustrosos pasos hacia la fuente, punto y coma; allí le espero, revoloteando entre las flores del humedal, coma, cual abeja embriagada en aromas.
Firmado, su fiel Beatriz. Punto y final.
Post data: ¡Y deje los maridos en manos de la diosa Fortuna!
Del desierto rojo de Abu Simbel recogí arena. Me la traje conmigo en un potecito, de aquellos que venían con los carretes de fotos. ¡Qué tiempos aquellos!, el de los carretes de fotos dentro de potecitos de plástico.
El guía que nos acompañaba me dijo que tuviera mucho cuidado porque escarbando en la arena podría encontrar crías de escorpión. Y yo me reí, como una tonta, porque pensaba que sólo quería asustarme.
Fue el mismo día en que descubrí a Lawrence de Arabia.
Con el grupo de turistas españoles que recorría el lago Nasser viajaba una hermosa sevillana. Aquella mañana esperaba tranquila, sentada en el hall del barco, envuelta en ropajes blancos, como si de un momento a otro el mozo de cuadra le tuviera que traer el caballo ensillado.
Sólo llevaba descubierto el rostro, y transmitía una sensación de irrealidad tan grande que no podías dejar de contemplarla, como si de una aparición se tratara.
Fue también el mismo día en que vimos la puesta de sol desde cubierta. Una bola inmensa de fuego engullida por un mar de arena mientras nosotros, espectadores de excepción, transitábamos por un cauce de metal licuado.
Paisajes de Marte en la tierra.
Y todo eso ha salido hoy a flote por recuperar una canción, Remember the time de Michael Jackson.
Recordar el pasado, ahora que mi memoria falla más que una escopeta de feria.
Recordar el pasado, y volver atrás en el tiempo.
Recordar el pasado, y con él una canción que va justamente de eso mismo, cantada por un Michael que, como los faraones, ya es eterno.
Recordar el pasado, y regresar a Egipto… conmigo, con mis recuerdos, con Michael, con las piedras del desierto… para conseguir la eternidad.